Opinión | La escotilla
Exigencias
Me consta que cuando en Badajoz se plantea cualquier actuación, sea política, municipal o autonómica, que pueda afectar a lo patrimonial, antes incluso de que se entere nadie de fuera de la administración que la plantea, ya se está discutiendo entre los políticos y técnicos (de todo color y pelaje) cuál sería la reacción de tal asociación.
Algo que viene llamándome la atención desde hace algún tiempo es el nivel de exigencia con el que se plantean y redactan las comunicaciones públicas de las agrupaciones o asociaciones ciudadanas de todo tipo. Exigen, no reclaman ni plantean. Exigen, como si sus deseos y planteamientos fueran de obligado cumplimiento para las administraciones públicas de cualquier nivel. Es más, con frecuencia se arrogan la representación de toda la ciudadanía, cuando lo cierto es que, como sumo, solo se representan a sí mismas y vehiculan una de tantas sensibilidades posibles, no la única ni necesariamente la que más consenso concita. Aquí en el Casco Antiguo de Badajoz, en el que vivo desde hace décadas, hay varias asociaciones operando y no es frecuente que me identifique con las posturas que toman o las soluciones que plantean. A veces sí, a veces no, según.
Si se me permite, tengo varias anécdotas ilustrativas al respecto. No hace mucho un miembro de una asociación se me lamentaba de que «no nos hacen caso». Me consta que cuando en Badajoz se plantea cualquier actuación, sea política, municipal o autonómica, que pueda afectar a lo patrimonial, antes incluso de que se entere nadie de fuera de la administración que la plantea, ya se está discutiendo entre los políticos y técnicos (de todo color y pelaje) cuál sería la reacción de tal asociación. Eso es «hacer caso», es tener en cuenta, considerar la opinión ajena. Hacer caso no es obedecer, plegarse a las exigencias de quien las propone. Las asociaciones son libres de proponerlas, la administración es igualmente libre de no tomar en cuenta la proposición.
Otra. Hace ya bastantes años, un responsable de otra asociación ciudadana me dijo en mi despacho que «nosotros decimos lo que queremos y vosotros lo hacéis». Le expliqué todo lo amablemente que pude que quien podía decirme lo que tenía o no que hacer no era esa asociación, sino los responsables de la administración de la que yo dependía en ese momento. No quedó satisfecho, pero quedamos tan amigos.
La última anécdota va en el mismo sentido. En una reunión de trabajo de ámbito autonómico en el que estábamos presentes técnicos varios y representantes de asociaciones de defensa del patrimonio cultural, presididos por el entonces consejero responsable del área de la Junta de Extremadura. Como pasa en estas reuniones, hubo un momento de acalorado debate; uno de los representantes de una asociación, que no estaba consiguiendo convencer a nadie soltó lo siguiente «nosotros estamos aquí representando a la ciudadanía». Inmediatamente, le cortó el consejero, tajante, diciendo que «aquí el que representa a la ciudadanía soy yo, que me he presentado a unas elecciones. Vosotros no os habéis presentado a nada. Solo os representáis a vosotros mismos». He de decir que tenía razón.
La actitud demostrada por la parte asociativa en las tres anécdotas se fundamenta en una equivocada comprensión de la corriente de pensamiento en torno a la «sociedad civil organizada», entendiendo que tiene primacía sobre cualquier otra organización de la sociedad, sea la administración pública, los partidos políticos o el Estado mismo. Por eso exigen, no proponen. En esta equivocada comprensión el estado es un opresor, los partidos políticos meros corruptos y aprovechados, la administración pública profesional (integrada por funcionarios) una panda de inútiles dedicados a complicarnos la vida a base de burocracia innecesaria. Llevado a su extremo, esta corriente de pensamiento conllevaría la desaparición del estado, de los servicios que este presta a la ciudadanía (abastos, comunicaciones, seguridad física, seguridad jurídica, sanidad y educación entre otros muchos) y entregaría al mundo a la ley del más fuerte en el que pocos sobrevivirían. Paradójicamente, quien más se beneficia de los servicios estatales, los privilegiados sociales y económicos, son los que más claman contra el aparato estatal. Se están disparando en el pie, ya se darán cuenta.
Está bien lo de la «sociedad civil organizada», es una forma de llegar donde el Estado o no puede, o no quiere, o no debe llegar. Es una forma inteligente de agrupar sensibilidades que no necesariamente sean (en primera instancia) políticas. Ahora bien, me parece una exageración la positiva valoración que se atribuye a todo lo que sea ONG. Las hay óptimas, buenas, mediocres, malas y pésimas, de todo hay en botica, pero el hecho de ser Organismos No Gubernamentales no les dota necesariamente de carisma y bondad de fines o intenciones. Recordemos que las mafias, sean la siciliana, la calabresa, la neoyorquina o la japonesa, entre otras, son por definición Organismos No Gubernamentales, ONG’s.
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