Opinión | En confianza
La ciudad apagada (y cerrada)
Una ciudad no se construye sumando eventos, obras y anuncios. Se construye proyectando colectivamente qué quiere ser: qué papel tendrá el río, cómo queremos movernos, dónde vivirán nuestros jóvenes, qué hacemos con nuestro patrimonio, cómo revitalizamos el centro, cómo repartimos los recursos y cómo participamos de ella
Acaba de terminar La Ciudad Encendida que se ha publicitado como un éxito de asistencia. Este sábado llegará la Noche en Blanco y, a la vuelta de la esquina, tenemos Al-Mossassa. Volveremos a ver calles llenas, monumentos abiertos y gente con ganas de vivir Badajoz. Es una buena noticia. Pero si necesitamos encender la ciudad un puñado de noches y la ponemos en blanco una vez al año, ¿qué pasa con el resto del tiempo?
Badajoz tiene vida cultural y vida propia para tener un calendario de actividades que pueda cubrir los intereses y gustos de la mayoría de badajocenses. Pero encendemos la ciudad unos días y nos cuesta mantener la luz encendida.
Materia prima no falta. Somos la ciudad más poblada de Extremadura. Tenemos un río que debería pesar más en todo nuestro día a día y no ser una línea en el mapa que parece que molesta, unas murallas que se nos llena la boca cuando decimos que son las más extensas de Europa, un sistema abaluartado único y un Carnaval Internacional. Cuando abrimos los monumentos y ponemos en valor nuestro patrimonio, funciona. Pero tengo la sensación de que vivimos en una ciudad eternamente pendiente de terminarse, constantemente en construcción. Al trantrán hacia no se sabe dónde.
La Alcazaba sigue esperando convertirse en lo que llevan décadas prometiéndonos. El Museo del Carnaval cerrado; el Museo Luis de Morales cerró este verano; y del Arqueológico se llevaron en abril 149 monedas del Tesoro de Villanueva. La Filmoteca de Extremadura cerrada por problemas. La Escuela de Artes y Oficios cerrada hace dos años y sin previsión de apertura. Hasta el Guadiana llegó a cerrarse este verano. Cada vez que levantamos una calle aparecen pedazos de nuestra historia que no sabemos poner en valor.
La provisionalidad alcanza niveles berlanguianos: el centro de salud de Los Pinos se muda al Palacio de Congresos mientras el Hospital Provincial hace las veces de palacio de congresos. Parece que ni los edificios encuentran su sitio en esta ciudad.
La Ronda Sur sigue entre trámites y expropiaciones. La Plataforma Logística está lejos de lo que prometía. Lo apostamos todo a grandes proyectos que nunca llegan. Como si Amazon fuera a solucionarnos la vida. La zanahoria que algunos necesitan, me imagino. Ahora empezamos una obra que tendrá patas arriba una de las principales vías de la ciudad. Mientras tanto, el sistema municipal de bicicletas necesita mantenimiento, la movilidad ciclista sigue inconexa y el carril bici que bordea los baluartes parece que se ha hecho para pasear al perro.
El Casco Antiguo aún pelea por recuperar vecinos, comercio y vida. Para acceder a muchas actividades municipales hay que preinscribirse, entrar en sorteos y esperar plaza.
Luego está la ciudad que no sale en las guías. La de jóvenes que necesitan ocio durante todo el año. La de quien busca alquiler mientras los precios suben. La de vecinos que ven cómo se colocan bolardos en la puerta de sus casa y nadie les ha preguntado. La de un colegio o ludoteca cerrado en una pedanía. La de quien busca desesperadamente una zona verde como alguien en el desierto busca un oasis. La de quien ve zonas donde proliferan descontroladas las vallas casi tanto como la población de palomas. Arbolado, limpieza, mantenimiento y equipamientos no se reparten por igual. Hay barrios donde Badajoz se enciende con bastante menos intensidad que en otros.
Parece que se actúa por inercia y falta imaginación.
Pero una ciudad no se construye sumando eventos, obras y anuncios. Se construye proyectando colectivamente qué quiere ser: qué papel tendrá el río, cómo queremos movernos, dónde vivirán nuestros jóvenes, qué hacemos con nuestro patrimonio, cómo revitalizamos el centro, cómo repartimos los recursos y cómo participamos de ella.
Esto nos atañe. En Badajoz tenemos demasiada facilidad para indignarnos en la barra del bar y desentendernos después de sus asuntos. Como si la responsabilidad de todo lo que pasa fuera siempre de otros. Pero nos hemos acostumbrado a que decidan por nosotros.
Comienza un nuevo curso. Quizá sea buen momento para dejar de conformarnos con que Badajoz se encienda algunas noches al año y organizarnos para que esté viva todos los días. Habitar una ciudad es algo más que conformarse con verla encendida de vez en cuando. Hace falta querer transformarla y, sobre todo, imaginarla. ¿Seremos capaces de prender esa luz o seguiremos habitando la ciudad apagada?
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