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Análisis

Ser, sin culpas, sin miedos, ni tutelas

Isabel Barrena, periodista.

Isabel Barrena, periodista. / Javier Cintas

Abajo, en el rincón izquierdo de mi biblioteca, conservo los libros de la niñez. Páginas repletas de historias diferentes con un elemento común: las protagonistas de esos cuentos no muestran voluntad. Sí las madrastras, mujeres independientes, pero perversas. Eso sí, la buena, la mujer sumisa, logra el amor del príncipe.

Aquellas aparentes leyendas inocentes retratan un constructo social, el patriarcado, edificado a lo largo de siglos de historia. Tanto es así que ilustres pensadores, masculinos, se han ocupado en cada momento y lugar de establecer qué fuimos y qué somos la otra mitad de la población, nosotras, las mujeres.

Si Aristóteles ya nos dejó escrito que, en virtud de nuestra “deficiencia”, lo plausible era que viviésemos encerradas en el hogar subordinadas al hombre, Menandro apostilló, cómo no, que de los muchos monstruos que existen, el mayor de todos era la mujer.

Visto el útero desde la antigüedad como el origen de todo mal, Hipócrates atribuyó la simiente débil a lo femenino y, de paso, algunos vieron una supuesta debilidad en nuestros huesos para invalidar el derecho al voto.

Para Santo Tomás fuimos seres ocasionales e incompletos y Pseudo-Aristóteles escribió incluso un tratado para explicarnos los deberes de una buena mujer. Desde la ciencia matemática, Pitágoras se encargó de explicar el principio bueno, el hombre; y el creador del caos, la mujer. Afirmación y trascendencia para ellos, conductas de alineación para nosotras, según Freud.

Todo un relato, una construcción que tiene su reflejo en las normas. Desde las Leyes de Manu que nos consideraron viles, al tutelaje romano por nuestra “imbecilidad”, pasando por el derecho canónico que dice que somos, ahí es nada, la puerta del diablo.

Todo un entramado tejido para justificar dos espacios: el público, reservado a los hombres; el privado, donde la mujer ha sido relegada, decía Emilia Pardo Bazán, para realizar trabajos maternales forzosos.

Y así, a lo largo de la historia, se han construido y repartido los papeles. Y así, la razón patriarcal se ha servido de lo científico, social, filosófico, cultural o normativo para decirnos qué fuimos, qué somos. Perversas, deficientes, monstruos, débiles, sumisas, ocasionales, incompletas, caóticas, viles… Un listado inacabable de adjetivos para definirnos.

Dijimos basta, queremos ser. Ser sin apellidos, sin los adjetivos que nunca hicieron falta para explicar qué fueron y son nuestros compañeros hombres. Y, sin embargo, superadas esas etiquetas, percibo con preocupación cómo aparecen otras nuevas que, rechazando lo anterior, persiguen el mismo objetivo: catalogar, definir y explicar para, de nuevo, decirnos cómo debemos ser.

Vístete como una ejecutiva. Trabaja como si no tuvieras hijos, ten hijos como si no trabajases. Qué egoísta, no los tiene. Sé asertiva, lidera, dirige, pero con sensibilidad. Cuida tu hogar. Sé femenina, la cita permanente con la manicura.

No queremos ser superwoman. Basta de descriptores. Necesitamos ser, que nos dejen sentir y vivir en libertad. Sin ataduras ni culpas. Sin imposiciones. Con mil dudas. Sin exigencias ni galardones. Sin romper techos de cristal ni baldosas pegajosas, porque no haga falta. Queremos vivir sin el esfuerzo permanente de demostrar quiénes somos. Para que los libros que mi hijo lea le cuenten que su madre fue una mujer sin miedos ni culpas. Que su madre fue lo que quiso ser.

*Isabel Barrena es periodista

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